Pocas cosas tan extrañas como encontrarse a alguien de tu entorno común al salir de él. A un vecino en las Ramblas, caminando errante en un viaje de 2 días por Barcelona; a una vieja amiga comiendo uvas en la Puerta del Sol; a un hermano en los viñedos de Tequisquiapán; a un compañero de la infancia en la fila de un juego en Disneylandia; a una amiga en Santiago de Compostela.
¿Deberíamos de sorprendernos o es que los mexicanos clasemedieros simplemento somos muy predescibles?
No podemos morirnos sin ir a Madrid al Arco de Cuchilleros o ver al Madrid en el Bernabeú.
Antes muertos que no visitar Barcelona y subir las escaleras de la Sagrada Familia o tomarnos una foto en el Mercado de la Boquería.
Ni qué decir del viaje obligado a Disney, París y Londres.
Siendo tantos, con las mismas aspiraciones, es cuestión de tiempo para que tarde o temprano nos encontremos en el Empire State, en un crucero por el Caribe o buscando ballenas en Los Cabos.
Raro sería encontrarse a un primo en Calcuta, a un amigo de la familia en Yakarta o a un compañero de la universidad en Seúl.
lunes 12 de octubre de 2009
jueves 3 de septiembre de 2009
Aquí estuvo Kaufman
Después de unos días de haber visto la ópera prima de Charlie Kaufman, guionista de Being John Malcovich y Adaptation, entre otras, Synecdoche, New York, me siento con los suficientes argumentos para comentarla.
Creo que a pesar de que en la película se utilizan mucho simbolismos, hay un mensaje que continua a lo largo de toda la cinta. Todos, en algún momento, sobre todo en la adolescencia, sentimos que el mundo gira alrededor de nosotros. Todos sentimos que nuestro mundo es el más importante, el más dramático, el más amoroso, el más loco, el más chingón. Sin embargo, hay otras mil millones de personas que piensan lo mismo que nosotros. Cuál es más chingón? Más interesante?? Más increíble?? Realmente ninguno, o todos, o el conjunto de todos es lo extraordinario.
Al protagonista, al querer hacer una obra de teatro, o al director, al querer hacer una película, en la que se hable de todo, de la vida misma, del amor, del desamor, del estrés, de la infidelidad, del abandono, de la amargura de la vida, del drama, de la paranoia, se le va la vida en sí, porque no hay una forma de retratar realmente a la vida en una peli, obra de teatro o escenario.
El título mismo lo describe así, toda la peli es una sinécdoque. Kaufman engloba la vida en una película. Su protagonista engloba Nueva York en un almacén, engloba su vida en un set. Ni su vida es un set, ni Nueva York es un almacén, ni la vida es una película, ni todos somos Kaufman. Sin embargo, así como en la literatura la sinécdoque es una herramienta del lenguaje, en la vida, las películas son una herramienta para representarla, o por lo menos hacer el intento de lograrlo.
Aunque el mensaje que nos deje al final la peli sea que la vida es para vivirse y no para analizarse. O desvirtuando un poco el dicho, la vida es eso que sucede cuando estás tratando de descifrarla. Sin que esto nos quite motivos para tratar de entenderla.
El problema (por llamarlo de alguna forma) de la peli, y de la obra dentro de la peli, es que resulta, como la vida misma, casi imposible comprender. Podría tratar de escribir de qué trato y siempre encontraría un tema que no había discutido o que por una u otra razón discriminé. Supongo que cada persona que ve la peli se clavará en un asunto más que en otro, dependiendo sus prioridades. Igual, esperar que todos encuentren sentido en la película es también darle mucho crédito, por más que haya generalizado o que hable de muchos temas, no necesariamente tiene que tocar las fibras sensibles de todos. O sí?
Será que Kaufman se siente tan imprescindible como el personaje de su peli como para que a todos nos importe lo que tiene que decir. Será que Kaufman es tan ambicioso, como el personaje de su peli, que quiere contar qué es la vida en dos horas?
De cierta forma sí, pero a la vez, sabe que en un punto no hay pierde, porque todos queremos sentirnos imprescindibles, como humanos que somos, sabe que todos queremos sentirnos importantes. Que todos, de cierta forma y a la manera de cada uno, estamos aquí para tratar de trascender, dejando hijos, dejando legados, dejando películas, dejando obras de teatro, dejando libros, dejando un letrerito obsceno en un baño, dejando un twitt chistoso.
Es parte de nuestra naturaleza humana temerle a la muerte, que nos persigue todos los días (ahora con la forma de una nueva enfermedad, ahora con la muerte de un ser querido, ahora con la muerte de nuestros propios hijos, ahora con un nuevo mal incurable), y que nos presiona a buscar dejar algo que nos permita permanecer con vida, aunque físicamente ya no estemos aquí.
Creo que a pesar de que en la película se utilizan mucho simbolismos, hay un mensaje que continua a lo largo de toda la cinta. Todos, en algún momento, sobre todo en la adolescencia, sentimos que el mundo gira alrededor de nosotros. Todos sentimos que nuestro mundo es el más importante, el más dramático, el más amoroso, el más loco, el más chingón. Sin embargo, hay otras mil millones de personas que piensan lo mismo que nosotros. Cuál es más chingón? Más interesante?? Más increíble?? Realmente ninguno, o todos, o el conjunto de todos es lo extraordinario.
Al protagonista, al querer hacer una obra de teatro, o al director, al querer hacer una película, en la que se hable de todo, de la vida misma, del amor, del desamor, del estrés, de la infidelidad, del abandono, de la amargura de la vida, del drama, de la paranoia, se le va la vida en sí, porque no hay una forma de retratar realmente a la vida en una peli, obra de teatro o escenario. El título mismo lo describe así, toda la peli es una sinécdoque. Kaufman engloba la vida en una película. Su protagonista engloba Nueva York en un almacén, engloba su vida en un set. Ni su vida es un set, ni Nueva York es un almacén, ni la vida es una película, ni todos somos Kaufman. Sin embargo, así como en la literatura la sinécdoque es una herramienta del lenguaje, en la vida, las películas son una herramienta para representarla, o por lo menos hacer el intento de lograrlo.
Aunque el mensaje que nos deje al final la peli sea que la vida es para vivirse y no para analizarse. O desvirtuando un poco el dicho, la vida es eso que sucede cuando estás tratando de descifrarla. Sin que esto nos quite motivos para tratar de entenderla.
El problema (por llamarlo de alguna forma) de la peli, y de la obra dentro de la peli, es que resulta, como la vida misma, casi imposible comprender. Podría tratar de escribir de qué trato y siempre encontraría un tema que no había discutido o que por una u otra razón discriminé. Supongo que cada persona que ve la peli se clavará en un asunto más que en otro, dependiendo sus prioridades. Igual, esperar que todos encuentren sentido en la película es también darle mucho crédito, por más que haya generalizado o que hable de muchos temas, no necesariamente tiene que tocar las fibras sensibles de todos. O sí?
Será que Kaufman se siente tan imprescindible como el personaje de su peli como para que a todos nos importe lo que tiene que decir. Será que Kaufman es tan ambicioso, como el personaje de su peli, que quiere contar qué es la vida en dos horas?
De cierta forma sí, pero a la vez, sabe que en un punto no hay pierde, porque todos queremos sentirnos imprescindibles, como humanos que somos, sabe que todos queremos sentirnos importantes. Que todos, de cierta forma y a la manera de cada uno, estamos aquí para tratar de trascender, dejando hijos, dejando legados, dejando películas, dejando obras de teatro, dejando libros, dejando un letrerito obsceno en un baño, dejando un twitt chistoso.
Es parte de nuestra naturaleza humana temerle a la muerte, que nos persigue todos los días (ahora con la forma de una nueva enfermedad, ahora con la muerte de un ser querido, ahora con la muerte de nuestros propios hijos, ahora con un nuevo mal incurable), y que nos presiona a buscar dejar algo que nos permita permanecer con vida, aunque físicamente ya no estemos aquí.
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lunes 31 de agosto de 2009
Vouyerista pública
Tengo un problema en el metro. Si alguien va junto a mí leyendo algún libro, periódico, revista o cualquier material de lectura, no puedo evitar guiar mis ojos hacia las letras. Básicamente, me gusta robar periódico.
Me obsesiona saber el título del libro que van leyendo. Una vez descubierto, hago una exploración rápida de la persona que lo lee. Si conozco el título, trato de dar con una razón por la cual esa persona ha elegido leer ese libro. Si nunca he escuchado sobre la publicación, entonces la defino con base en la punta que tenga el viajero.
La mayoría de las personas en el metro, como dijo alguna vez Cortázar, tratan de poner su mirada en un punto intermedio en el que no están viendo a nadie, ven la nada, con la intención de no parecer unos entrometidos. ¿A quién no le disgusta sentirse explorado por unos ojos intrusos del otro lado del vagón? ¡Incluso a mí!

Aún así, yo no puedo hacer eso de lo intermedio, soy una descarada. Tijereteo, barro, me asombro y urgo aún más. Descaradamente analizo zapatos, bolsas, accesorios, cabellos, granos, lentes y más. No puedo descansar los ojos cuando viajo en el metro.
El otro día me tocó viajar de pie y me encontré resolviendo el crucigrama de un anciano que se había atorado en una pregunta. Estuve a nada de tocarle el hombro para darle la respuesta, menos mal que llegué a mi destino.
He pensado que la única solución es llevar mi propio libro, revista, periódico o algo que me entretenga. El problema radica en que cuando lo he hecho, siempre termino enfadada, pues invariablemente cuando estoy interesada y entretenida en la lectura, es cuando me toca salir del subterráneo.
Por eso he decidido que seguiré robando, metichando y urgando en la intimidad ficticia y secretamente pactada de los usuarios del metro.
sábado 22 de agosto de 2009
La mano peluda
Desde hace varios años he tenido una pesadilla recurrente. No se repite completamente, pero algunos de sus elementos sí que vuelven constántemente. Tal ha sido su repetición que ya he logrado controlar su final, aunque al principio las sufría cantidad.
Las constantes de la pesadilla son las siguientes:
-El mismo cuarto en el que me dormí, el mío, el de un hotel, generalmente el de mi habitación del momento.
-Una noche de insomnio.
-La falta de claridad entre si es sueño o no.
-La presencia de un mal, no necesariamente física, puede ser solamente la percepción de un extraño, la percepción de algo malo que entra a la habitación o que aparece en la habitación. O puede ser física, la llorona, un violador, un gato malo, gatitos negros caminando en la cortina riéndose a mis costillas.
-La imposibilidad de hablar, de moverme y de pedir ayuda.
Es decir, estoy recostada en la cama, intentando dormir, y sin más ni más alguien se acerca, se hace presente y me atormenta, tratando de tocarme, sentándose encima, susurrándome algo al oído, recostándose al lado, persiguiéndome por el pasillo, riéndose de mí desde la ventana.
Cuando era más niña, había más acción en mis pesadillas, llanto, gente corriendo. Ahora, es más pasiva la onda, pero a la vez, más espeluznante. No hay nada peor como que alguien mancille tu lugar más íntimo; no solamente tu cuarto, sino tu propia cama.
Anoche dormí muy poco. Sin embargo, dentro de lo poco que dormí, tuve una pesadilla. Al tener insomnio y que el sueño que se desarrollara en mi cuarto, sentí que estaba despierta. De repente sentí que alguien entró a mi cuarto y que se acercó a mi cama. Se recargó en la orilla y acercó su cara a la mía, susurrando mi nombre en mi oído. -Ana, Ana - escuché que me llamó en voz casi imperceptible. Tan imperceptible quizá que puede ser que lo haya inventado al despertar. Al tratar de voltearme y sentirme paralizada de pies a cabeza, me di cuenta que era un sueño, sin embargo, la "presencia" colocó sus brazos debajo de mi cuerpo, como si se tratara de una grúa del Costco, como para cargarme. Forcé mis ojos, y los abrí. Me desperté.
Cuando era más joven, me di cuenta que la forma en que me podía despertar era gritando, así que cuando me daba cuenta que estaba soñando y no podía hablar en el sueño, hacía un esfuerzo sobrehumano por gritar, y terminaba despertándome gritando "mamá". Esto no tenía nada de problema si estaba en mi casa y mi hermana terminaba pasándose a mi cama; sin embargo, en un par de ocasiones me sucedió estando de viaje o viviendo en casa de alguien más, despertando a todo el resto de los inquilinos, con el grito de -Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa -
Recuerdo a esa pequeña asustadiza y la cara con la que entraba la gente a confortarme y me recuerdo una niña, a pesar de que me negaba a seguir siéndolo, a pesar de que no fue hace tanto tiempo.
Ahora, he encontrado un arma menos ruidoza e invasiva para despertarme. Cuando me doy cuenta de que no me puedo mover ni hablar en el sueño, caigo en la cuenta de que estoy soñando. Al hacerlo, intento abrir los ojos a como dé lugar. Los momentos de angustia, por la cercanía del peligro y la incapacidad de huir de él, son terribles. Seguramente ese instante es casi imperceptible en el tiempo, sin embargo, el shock que me produce esa angustia, permanece durante toda la noche.
Después de un forcejeo conmigo misma y mis propios temores, despierto agitada. A veces necesito prender la luz para asegurarme de que no hay nada ahí. Antes, rezaba un Padre Nuestro para auyentar a los demonios que rondaban mi cama. Mucho antes, corría a la cama de mis padres y lo rezaba con ellos. Ahora, me apalabro mentalmente de que se trata de un sueño más. Cambio el tema en mi mente.
Tengo mis épocas, hay fechas en que viene a mí cada semana, hay años en los que desaparece. Creo que ahora lo que me toca hacer es tratar de buscar patrones en los que se repita, ¿en qué momentos de mi vida me ha atormentado más?
Lo pienso un poco y caigo en la cuenta en que viene cuando se acercan cambios importantes en mi vida, cuando estoy viviendo situaciones nuevas, cuando no sé qué sucederá mañana, cuando no sé si seré capaz de lograr todo lo que me he propuesto. Cuando me fui a Irlanda, los primeros días me despertaba gritando mamá, sudando y llorando, con ganas de volver a casa. Cuando viajaba previo a llegar a Madrid, que tenía dos meses por delante sin dónde quedarme a pasar la noche, con dudas de qué haría la siguiente semana, con qué dinero comería y a dónde viajaría, soñaba con gatos monteses que entraban a mi cuarto en la casa en donde me hospedaron en la Bretaña francesa.
Cuando me cambié a la Universidad soñaba con señores que se acercaban a mi cama por las noches.
Cuando regresé de Madrid, me acosaban presencias malignas en mi habitación.
Seguramente el año en el que fui con mi familia a San Luis Potosí, cuando se me aparecieron los gatitos risueños en la cortina, fue decisivo. Igual y fue cercano a la fecha en la que mi hermana se graduó de preprimaria y me dejó sola en el jardín de niños o cuando iba en primero de primaria y tenía miedo de cargar sola mi mochilota Samsonite roja, con aplicaciones en amarillo. Cualquiera con esa mochila viviría atormentado.
Es posible que el vuelo de La Llorona detrás de las ventanas del departamento, mientras mi hermana y yo llorábamos juntas escondiéndonos detrás de la pared haya coincidido con algún momento angustiante en mi infancia.
Ahora, que se acerca un nuevo viaje, que se presenta un futuro incierto, los demonios se acercan nuevamente.
Ya no quiero tener que abrir los ojos, ya no quiero vivir jaquecas de angustia por no querer sentir las manos que me cargan en la madrugada. Quiero decirme a mí misma que todo va a estar bien, que no debo tener miedo, que a pesar de que los próximos meses se tornan turbios e inciertos, todo saldrá bien.
Todo saldrá bien.
Una vez más saldré avante, porque no hay nada que no tenga solución, ni la más fea de mis pesadillas.
Excepto, claro, la muerte.
Las constantes de la pesadilla son las siguientes:
-El mismo cuarto en el que me dormí, el mío, el de un hotel, generalmente el de mi habitación del momento.
-Una noche de insomnio.
-La falta de claridad entre si es sueño o no.
-La presencia de un mal, no necesariamente física, puede ser solamente la percepción de un extraño, la percepción de algo malo que entra a la habitación o que aparece en la habitación. O puede ser física, la llorona, un violador, un gato malo, gatitos negros caminando en la cortina riéndose a mis costillas.
-La imposibilidad de hablar, de moverme y de pedir ayuda.
Es decir, estoy recostada en la cama, intentando dormir, y sin más ni más alguien se acerca, se hace presente y me atormenta, tratando de tocarme, sentándose encima, susurrándome algo al oído, recostándose al lado, persiguiéndome por el pasillo, riéndose de mí desde la ventana.
Cuando era más niña, había más acción en mis pesadillas, llanto, gente corriendo. Ahora, es más pasiva la onda, pero a la vez, más espeluznante. No hay nada peor como que alguien mancille tu lugar más íntimo; no solamente tu cuarto, sino tu propia cama.
Anoche dormí muy poco. Sin embargo, dentro de lo poco que dormí, tuve una pesadilla. Al tener insomnio y que el sueño que se desarrollara en mi cuarto, sentí que estaba despierta. De repente sentí que alguien entró a mi cuarto y que se acercó a mi cama. Se recargó en la orilla y acercó su cara a la mía, susurrando mi nombre en mi oído. -Ana, Ana - escuché que me llamó en voz casi imperceptible. Tan imperceptible quizá que puede ser que lo haya inventado al despertar. Al tratar de voltearme y sentirme paralizada de pies a cabeza, me di cuenta que era un sueño, sin embargo, la "presencia" colocó sus brazos debajo de mi cuerpo, como si se tratara de una grúa del Costco, como para cargarme. Forcé mis ojos, y los abrí. Me desperté.
Cuando era más joven, me di cuenta que la forma en que me podía despertar era gritando, así que cuando me daba cuenta que estaba soñando y no podía hablar en el sueño, hacía un esfuerzo sobrehumano por gritar, y terminaba despertándome gritando "mamá". Esto no tenía nada de problema si estaba en mi casa y mi hermana terminaba pasándose a mi cama; sin embargo, en un par de ocasiones me sucedió estando de viaje o viviendo en casa de alguien más, despertando a todo el resto de los inquilinos, con el grito de -Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa -
Recuerdo a esa pequeña asustadiza y la cara con la que entraba la gente a confortarme y me recuerdo una niña, a pesar de que me negaba a seguir siéndolo, a pesar de que no fue hace tanto tiempo.
Ahora, he encontrado un arma menos ruidoza e invasiva para despertarme. Cuando me doy cuenta de que no me puedo mover ni hablar en el sueño, caigo en la cuenta de que estoy soñando. Al hacerlo, intento abrir los ojos a como dé lugar. Los momentos de angustia, por la cercanía del peligro y la incapacidad de huir de él, son terribles. Seguramente ese instante es casi imperceptible en el tiempo, sin embargo, el shock que me produce esa angustia, permanece durante toda la noche.
Después de un forcejeo conmigo misma y mis propios temores, despierto agitada. A veces necesito prender la luz para asegurarme de que no hay nada ahí. Antes, rezaba un Padre Nuestro para auyentar a los demonios que rondaban mi cama. Mucho antes, corría a la cama de mis padres y lo rezaba con ellos. Ahora, me apalabro mentalmente de que se trata de un sueño más. Cambio el tema en mi mente.
Tengo mis épocas, hay fechas en que viene a mí cada semana, hay años en los que desaparece. Creo que ahora lo que me toca hacer es tratar de buscar patrones en los que se repita, ¿en qué momentos de mi vida me ha atormentado más?
Lo pienso un poco y caigo en la cuenta en que viene cuando se acercan cambios importantes en mi vida, cuando estoy viviendo situaciones nuevas, cuando no sé qué sucederá mañana, cuando no sé si seré capaz de lograr todo lo que me he propuesto. Cuando me fui a Irlanda, los primeros días me despertaba gritando mamá, sudando y llorando, con ganas de volver a casa. Cuando viajaba previo a llegar a Madrid, que tenía dos meses por delante sin dónde quedarme a pasar la noche, con dudas de qué haría la siguiente semana, con qué dinero comería y a dónde viajaría, soñaba con gatos monteses que entraban a mi cuarto en la casa en donde me hospedaron en la Bretaña francesa.
Cuando me cambié a la Universidad soñaba con señores que se acercaban a mi cama por las noches.
Cuando regresé de Madrid, me acosaban presencias malignas en mi habitación.
Seguramente el año en el que fui con mi familia a San Luis Potosí, cuando se me aparecieron los gatitos risueños en la cortina, fue decisivo. Igual y fue cercano a la fecha en la que mi hermana se graduó de preprimaria y me dejó sola en el jardín de niños o cuando iba en primero de primaria y tenía miedo de cargar sola mi mochilota Samsonite roja, con aplicaciones en amarillo. Cualquiera con esa mochila viviría atormentado.Es posible que el vuelo de La Llorona detrás de las ventanas del departamento, mientras mi hermana y yo llorábamos juntas escondiéndonos detrás de la pared haya coincidido con algún momento angustiante en mi infancia.
Ahora, que se acerca un nuevo viaje, que se presenta un futuro incierto, los demonios se acercan nuevamente.
Ya no quiero tener que abrir los ojos, ya no quiero vivir jaquecas de angustia por no querer sentir las manos que me cargan en la madrugada. Quiero decirme a mí misma que todo va a estar bien, que no debo tener miedo, que a pesar de que los próximos meses se tornan turbios e inciertos, todo saldrá bien.
Todo saldrá bien.
Una vez más saldré avante, porque no hay nada que no tenga solución, ni la más fea de mis pesadillas.
Excepto, claro, la muerte.
viernes 26 de junio de 2009
Aquellas pequeñas cosas
Tengo un vecino que toca la guitarra y canta muy bien. Generalmente canta canciones desconocidas, seguramente suyas, como de mariachi. Sin embargo, escucharlo cantar y tocar la guitarra, me remonta hace algunos ayeres y suele ponerme melancólica, como esta noche. Tal fue el sentimiento que puse un disco titulado "Solitude" que tiene canciones de Joan Manuel, Silvio, Aute y otros, puras de amor. Todas éllas las tocaba un ex novio con el que hacíamos tertulias o noches bohemias interminables cuando andaba con él.
Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó el tiempo de rosas...
A veces pongo el disco en el coche y canto en el tráfico. Hoy lo escuché con la luz apagada y me acordé de su boca, de su cuerpo y de todo él, de nuestra vida juntos, de nuestra relación. Fue raro recordarlo así, a pesar de los años, tan palpable, a través de sus canciones. Lo sentí nuevamente aquí.
Te tienen tan a su merced, como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí...
Mi situación actual hizo que el vacío que sentí fuera aún más grande.
Nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
No estoy sola, voy conmigo...
Será que esa relación corta, pero intensa, fue tan importante que me marcó para siempre?
Será que su fin es la razón real, como a veces me disculpo, de mi cerrazón?
Sé perfectamente dónde te dejé...
Y a pesar de saberlo, no puedo negar que hay noches como hoy en las que pienso qué sucedería si le llamara, si nos viéramos de nuevo, si me olvidara de dónde lo dejé y no me conformase con la estela que dejó.
Por suerte, o porque tengo algo de sensatez, no suceden muy seguido. Por desgracia, siguen sucediendo.
Se me olvidó que te olvidé, se me olvidó que te dejé, lejos muy lejos de mi vida.
Se me olvidó que ya no estás, que ya ni me recordarás y me volvió a sangrar la herida.
Se me olvidó que te olvidé y como nunca te encontré, entre las sombras escondido.
Y la verdad no sé por qué, se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida.
Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó el tiempo de rosas...
A veces pongo el disco en el coche y canto en el tráfico. Hoy lo escuché con la luz apagada y me acordé de su boca, de su cuerpo y de todo él, de nuestra vida juntos, de nuestra relación. Fue raro recordarlo así, a pesar de los años, tan palpable, a través de sus canciones. Lo sentí nuevamente aquí.
Te tienen tan a su merced, como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí...
Mi situación actual hizo que el vacío que sentí fuera aún más grande.
Nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
No estoy sola, voy conmigo...
Será que esa relación corta, pero intensa, fue tan importante que me marcó para siempre?
Será que su fin es la razón real, como a veces me disculpo, de mi cerrazón?
Sé perfectamente dónde te dejé...
Y a pesar de saberlo, no puedo negar que hay noches como hoy en las que pienso qué sucedería si le llamara, si nos viéramos de nuevo, si me olvidara de dónde lo dejé y no me conformase con la estela que dejó.
Por suerte, o porque tengo algo de sensatez, no suceden muy seguido. Por desgracia, siguen sucediendo.
Se me olvidó que te olvidé, se me olvidó que te dejé, lejos muy lejos de mi vida.
Se me olvidó que ya no estás, que ya ni me recordarás y me volvió a sangrar la herida.
Se me olvidó que te olvidé y como nunca te encontré, entre las sombras escondido.
Y la verdad no sé por qué, se me olvidó que te olvidé, a mí que nada se me olvida.
miércoles 3 de junio de 2009
Que sepa, que lo sepa.
No recuerdo cuándo fue la primera vez que me pasó por la cabeza la idea de convertirme en periodista. Leer el periódico y revistas ha sido una constante desde mi niñez. Empecé leyendo la sección de historietas y recibiendo mi ejemplar de la revista Barbie mes con mes desde los 7 años. A los 9 iba todos los jueves a comprar “Archie y sus amigos” con el vendedor de la esquina.
Mis gustos de lectura fueron variando con los años, pero estos no mermaron mi interés por escribir o por participar en alguna de las publicaciones que llegaban a casa o rogaba a mi padre que me comprara en el estanco.
Cuando llegó la hora de elegir una carrera, siempre tuve muy claro que escribir era lo que más quería hacer.
Como parte de mis clases escribí para el periódico universitario acerca de la falta de ganchillos para colgar las bolsas en los baños de mujeres. Poco tiempo después, agregaron a las puertas de los sanitarios unos relucientes ganchillos. No sé si lo hayan hecho a partir de esa pequeña columna con un poco de humor que escribí. En realidad no importó tanto si fue o no a partir de esa nota, ese suceso aparentemente trivial fue el que me dio una pequeña probadita de lo mucho que una pluma puede provocar.
Soy periodista porque sé que con mis palabras publicadas en un medio reconocido puedo dar voz a personas que no tienen voz. Soy periodista porque quiero brindar a los demás un respiro en sus vidas. Soy periodista porque, en estos días de crisis, la gente de a pie necesita reconocerse en los medios, identificarse, sentirse comprendidos y tener un rato de alegría, a partir de artículos que les den esperanzas de que algo mejor está por venir. Soy periodista porque tengo mucho que decir.
Es difícil tratar de explicar algo que tengo tan claro desde hace tantos años; sin embargo, a partir de la introspectiva que realicé para escribir estas líneas, sé que soy periodista porque tengo tanto que contar, y no pienso callarlo.
Mis gustos de lectura fueron variando con los años, pero estos no mermaron mi interés por escribir o por participar en alguna de las publicaciones que llegaban a casa o rogaba a mi padre que me comprara en el estanco.
Cuando llegó la hora de elegir una carrera, siempre tuve muy claro que escribir era lo que más quería hacer.
Como parte de mis clases escribí para el periódico universitario acerca de la falta de ganchillos para colgar las bolsas en los baños de mujeres. Poco tiempo después, agregaron a las puertas de los sanitarios unos relucientes ganchillos. No sé si lo hayan hecho a partir de esa pequeña columna con un poco de humor que escribí. En realidad no importó tanto si fue o no a partir de esa nota, ese suceso aparentemente trivial fue el que me dio una pequeña probadita de lo mucho que una pluma puede provocar.
Soy periodista porque sé que con mis palabras publicadas en un medio reconocido puedo dar voz a personas que no tienen voz. Soy periodista porque quiero brindar a los demás un respiro en sus vidas. Soy periodista porque, en estos días de crisis, la gente de a pie necesita reconocerse en los medios, identificarse, sentirse comprendidos y tener un rato de alegría, a partir de artículos que les den esperanzas de que algo mejor está por venir. Soy periodista porque tengo mucho que decir.
Es difícil tratar de explicar algo que tengo tan claro desde hace tantos años; sin embargo, a partir de la introspectiva que realicé para escribir estas líneas, sé que soy periodista porque tengo tanto que contar, y no pienso callarlo.
miércoles 27 de mayo de 2009
La violencia en LATAM
Este pequeño texto lo escribí bajo presión para mi examen de admisión para el Máster de Periodismo de la Universidad de Cataluña en conjunto con la Universidad de Columbia.
La inseguridad y la violencia en América Latina
En México cada vez más se escuchan historias macabras de jóvenes que cuentan que estando en una disco o antro, vieron como entró un comando armado, cerró las puertas, violó a las niñas más guapas, golpeó a los novios, subió la música y se hizo de una fiesta particular a punta de cuernos de chivo. Hay crónicas de estos sucesos en Aguascalientes, en Torreón, en Veracruz, en el Estado de México e incluso en Acapulco, uno de los puertos más concurridos en el país. Los grupos a quienes se les adjudican estos ataques son Los Zetas, grupo armado que se dedica al robo, al narcotráfico y a la trata de personas en Centroamérica y ahora también en México.
Los índices de violencia no han disminuido en los últimos años en América Latina, por el contrario, son cada vez más los casos que se escuchan de decapitados, muertos, violaciones. En México los partidos de oposición culpan al gobierno por no saber hacer frente al problema del narcotráfico. El partido en el poder, culpa a su predecesor, que durante 70 años estuvo al frente de esa nación y no solamente permitió que este negocio floreciera, sino que se coludió con él. ¿Quién es el culpable? ¿A quién debemos señalar con el dedo inquisidor? Al parecer no es cuestión de partido, el hampa no respeta ni partidos, ni religiones ni mucho menos nacionalidades.
Recientemente el ex presidente Miguel de la Madrid explicó en una entrevista que estaba arrepentido pues no había sabido elegir a su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, pues éste y sus hermanos se habían implicado con el narcotráfico. Horas después de transmitida la entrevista, realizada por una de las comunicadoras más respetadas del país, las declaraciones de de la Madrid fueron descalificadas por su partido, por medios de comunicación, por el mismo Salinas de Gortari. Medios extranjeros resaltaron la salud precaria del ex presidente y prácticamente mandaron sus condolencias. En la grabación de la entrevista, sin embargo, se escucha claridad de palabra y pensamiento. Las negaciones simplemente ayudan a confirmar lo dicho por de la Madrid y lo que es peor, que el narcotráfico y los malos negocios siguen imperando no solamente en las muertes y en las calles, sino también en la agenda periodística, no solamente local, sino internacional.
La violencia y la inseguridad en América Latina se originan a partir de la lucha de poder entre cárteles e intereses políticos. Recientemente en Michoacán, uno de los estados con más violencia adjudicada al narco, fueron encarcelados 10 alcaldes, por estar relacionados con el narcotráfico. Mientras los gobiernos latinoamericanos sigan no solamente haciéndose de la vista gorda ante los actos ilícitos, sino participando en ellos, la violencia y la inseguridad no decaerán. La población, a su vez, seguirá asustada y recluida, saliendo cada vez menos a la calle y a los antros, como ya sucede en muchas ciudades en México, con miedo a tomar cartas en el asunto. En su momento la iglesia fue un sistema de control, al parecer el narcotráfico es la nueva inquisición.
La inseguridad y la violencia en América Latina
En México cada vez más se escuchan historias macabras de jóvenes que cuentan que estando en una disco o antro, vieron como entró un comando armado, cerró las puertas, violó a las niñas más guapas, golpeó a los novios, subió la música y se hizo de una fiesta particular a punta de cuernos de chivo. Hay crónicas de estos sucesos en Aguascalientes, en Torreón, en Veracruz, en el Estado de México e incluso en Acapulco, uno de los puertos más concurridos en el país. Los grupos a quienes se les adjudican estos ataques son Los Zetas, grupo armado que se dedica al robo, al narcotráfico y a la trata de personas en Centroamérica y ahora también en México.
Los índices de violencia no han disminuido en los últimos años en América Latina, por el contrario, son cada vez más los casos que se escuchan de decapitados, muertos, violaciones. En México los partidos de oposición culpan al gobierno por no saber hacer frente al problema del narcotráfico. El partido en el poder, culpa a su predecesor, que durante 70 años estuvo al frente de esa nación y no solamente permitió que este negocio floreciera, sino que se coludió con él. ¿Quién es el culpable? ¿A quién debemos señalar con el dedo inquisidor? Al parecer no es cuestión de partido, el hampa no respeta ni partidos, ni religiones ni mucho menos nacionalidades.
Recientemente el ex presidente Miguel de la Madrid explicó en una entrevista que estaba arrepentido pues no había sabido elegir a su sucesor, Carlos Salinas de Gortari, pues éste y sus hermanos se habían implicado con el narcotráfico. Horas después de transmitida la entrevista, realizada por una de las comunicadoras más respetadas del país, las declaraciones de de la Madrid fueron descalificadas por su partido, por medios de comunicación, por el mismo Salinas de Gortari. Medios extranjeros resaltaron la salud precaria del ex presidente y prácticamente mandaron sus condolencias. En la grabación de la entrevista, sin embargo, se escucha claridad de palabra y pensamiento. Las negaciones simplemente ayudan a confirmar lo dicho por de la Madrid y lo que es peor, que el narcotráfico y los malos negocios siguen imperando no solamente en las muertes y en las calles, sino también en la agenda periodística, no solamente local, sino internacional.
La violencia y la inseguridad en América Latina se originan a partir de la lucha de poder entre cárteles e intereses políticos. Recientemente en Michoacán, uno de los estados con más violencia adjudicada al narco, fueron encarcelados 10 alcaldes, por estar relacionados con el narcotráfico. Mientras los gobiernos latinoamericanos sigan no solamente haciéndose de la vista gorda ante los actos ilícitos, sino participando en ellos, la violencia y la inseguridad no decaerán. La población, a su vez, seguirá asustada y recluida, saliendo cada vez menos a la calle y a los antros, como ya sucede en muchas ciudades en México, con miedo a tomar cartas en el asunto. En su momento la iglesia fue un sistema de control, al parecer el narcotráfico es la nueva inquisición.
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